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artículo de opinión    


Desde que se comenzó a hablar de la creación del Colegio de Protésicos Dentales un lema iba ligado al nacimiento de éste, la “Dignidad Profesional” de sus miembros.

Han pasado varios años desde esos inicios y si entonces me pareció un proyecto ilusionante y atractivo, hoy me siento alejado del mismo. Tal vez este equivocado, soy lego en esta materia, pero creo percibir un error fundamental en la gestación y desarrollo de la idea inicial, que inevitablemente nos
ha conducido a una situación de estancamiento en el reconocimiento profesional y social de los miembros de este colectivo.

Puede que algunas personas crean que un bonito decorado de película puede trasladarse a la vida real, pero se olvidan de la fragilidad de los materiales con
que se construye el mismo y lo falso que resulta ser. Se habla mucho en reuniones del Colegio, de la necesidad de dignificar la profesión de puertas afuera pero de puertas adentro, el escenario en el que nos movemos es el de una película en blanco y negro, con pocas posibilidades de pasar a ser de color.

Me estoy refiriendo como podéis imaginar a la situación de las/os trabajadoras/es asalariadas/os. Aunque nominalmente se nos considera como
Técnicos Especialistas (nuestra labor así lo demuestra día tras día), nuestras retribuciones son similares, a las que percibe un peón no cualificado, al servicio de una empresa de trabajo temporal.

Quien desee mejorar su situación económica y le queden ánimos de hacerlo, después de trabajar durante una jornada maratoniana, solo dispone de la
opción de realizar sus propios trabajos de forma clandestina.

Argumentan nuestros jefes que la culpa de esta situación es porque los dentistas no pagan el precio real de los trabajos realizados. Si bien estoy totalmente de acuerdo con esta afirmación, no es menos cierto que esto se produce por el temor a enfrentarse al colectivo médico y prefieren que los paganos de todo esto seamos los trabajadores.

En este siniestro juego de complicidades no reconocidas, pero que benefician a la clase médica principalmente, solo nos queda como posibilidad de mejora económica, practicar el “intrusismo profesional” (manda carajo, que nosotros seamos los intrusos) bajo amenaza constante de una posible denuncia penal
de graves consecuencias. A muchas/os compañeras/os les puede parecer
más cómodo hacer un “par de completas” y llevarse bien con su patrón, que plantearse la mejora de sus condiciones de trabajo.

Pero esta supuesta comodidad, como el sedentarismo en la vida cotidiana, a la larga tiene un precio a pagar en calidad de vida. Nuestro “colesterol”, son las bajas cotizaciones a la Seguridad Social que nos auguran la arteriosclerosis de nuestras futuras pensiones, si llegamos a vivir para cobrarlas.

Dicho en castellano de toda la vida, mal pan para hoy y hambre seguro para mañana. Si después de toda una vida trabajando, en vez de poder disfrutar de
nuestros últimos años, tenemos que “seguir carretera y manta” con el alginato para nuevos “trabajillos”, mal futuro nos depara esta profesión. Eso si el cuerpo aguanta, que sino habrá que buscar asociarse a un joven protésico que ponga el esfuerzo físico mientras los viejos ponemos la cartera de clientes. Todo por un puñado de euros, que nos ayude a sobrevivir económicamente en la vejez.

Yo por mi parte mientras no cambie esta situación, desde un punto de vista de las necesidades primarias prefiero disponer de mi poco tiempo y dinero con mi
familia y amigos que acudir a cursos de formación o reuniones de falso glamour en bonitos hoteles de Madrid. Siento que esto sea de esta manera y que
algunos/as compañeros/as se puedan dar por ofendidos, pero aquí cada uno tiene el derecho a manifestar su punto de vista y en cualquier caso, estaría encantado de poder debatir con quien no comparta mis criterios.


José Emilio Anadón Ponz
Colegiado Nº 84